En un lugar de la red…

En un lugar de la Red de cuyo nombre no dejo de acordarme, no ha muchos blogs que escribía un caballero de los de pluma en tintero, etiqueta antigua, abrigo largo y apartamento acogedor. Una dieta de algo más pollo que carne, ensalada las más noches, flirteos y bailes los sábados, cervezas los viernes, algún amorío de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su cartera. Vestía con ropas de clase, mocasines Ermenegildo para las fiestas, con sus abrigos de lo mismo, y los días de entresemana se calentaba con su saco de Scappino.

Atendía su morada una mucama que pasaba de los treinta, a quien le acompañaba una hija que aún no medía el metro veinte, y un portero de calle y plaza, que así lavaba su auto como vigilaba la entradera. Rozaba la edad de nuestro caballero los veintiocho años; era de complexión media, suave de carnes, pulcro de rostro, medio madrugador y amigo de malls y plazas.

Es pues, de saber que este sobredicho caballero, las tardes que estaba ocioso, que eran las más del año, se daba a leer libros de galanterías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto la lectura de novelas, y aún a jugar videojuegos. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto que vendió muchos de sus gadgets para comprar libros de seducción en qué leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo encontrar de ellos.

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las tardes leyendo de claro en claro, y por las noches saliendo de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le llenó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la emoción de todo aquéllo que leía en los libros, así de romances, como de pendencias, frases, aperturas, cierres, salidas, métodos, técnicas y situaciones imposibles; y asentósele de tal modo en la cabeza que era posible toda aquélla máquina de aquéllas posibilidades que leía, que para él no había ideas más ciertas en el mundo.

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su prójimo, hacerse aventurero galante, e irse por todo el mundo con sus armas y artimañas a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquéllo que él había leído que los caballeros galantes se ejercitaban, recomponiendo todo género de relaciones, y escribiendo en ocasiones sus artículos para que, acabándolos, cobrase dinero, nombre y fama. Imaginábase el pobre ya afamado por la lucidez de su mano; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba.

Y lo primero que hizo fue sacar unas ropas que le habían regalado sus abuelos, que, tomadas de naftalina y llenas de moho, luengos siglos había que estaban dobladas y olvidadas en un un rincón de su clóset. Limpiólas y doblólas lo mejor que pudo para regalarlas a la primera asociación de beneficiencia que pudo, puesto que necesitaba más espacio para aquélla que llegaría en corto tiempo.

Fue luego a ver su Audi, y, aunque tenía dos años con él y algunas rayas en la defensa delantera, le pareció que ni el M6 de la BMW ni ningún Mustang con él se igualaban. Cuatro horas se le pasaron en encerarle porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que auto de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin el brillo meritorio.

Puesta la cera, y tan a su gusto, a su auto, quiso limpiarse a sí mismo y en su baño duró apenas ocho minutos, que al cabo se había bañado en la misma mañana.

Limpias pues, y también planchadas, sus ropas de aquélla noche, puesto cera a su Audi y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar a la siguiente dama de la cual enamorarse; porque el caballero galante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto; un cuerpo sin alma.

Hechas pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran las parejas que pensaba ayudar, hombres a los que explicar, mujeres que entender, relaciones que mejorar y solteros que apoyar. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, aquélla noche, que era una de las frías del mes de enero, se armó de todas sus artimañas, subió a su automóvil, encendió su ronroneante marcha, pisó duro su pedal y, por la avenida cercana de su hogar, salió a la autopista con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo.


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